domingo, 11 de abril de 2010

El Refugio del Futuro

He comenzado una nueva novela, de esas que deben ser acompañadas por café y chocolates. Llega hasta mí recordando la belleza en lo simple y ha experimentado una metamorfosis pasando de ser un libro a una musa. (Porque no existen los “musos”, ¿cierto?)
Como toda lectura novelesca, hizo surgir en mi mente ése mágico viaje por dimensiones atemporales e inexploradas, llevándome a un sitio en el que nunca antes me había visto: mi refugio del futuro, el espacio de mundo que voy a crear y en el que descansaré una vez la adultez se apodere de mis años. No es la casa en la que viviré cotidianamente, a ella mi imaginación todavía no la alcanza. Pero siento que es mucho más importante que ella. Sorprendente, ¿no?
Lo veo grande, sí, es muy grande y muy bello. Está situado en el sur de Chile, en uno de esos lugares de verde y café, de raulí y alerce, de lluvia, humo de chimenea y leche fresca. Está hecho de madera, tiene alfombras, fuego y vino tinto. Como es grande, alberga en sí varias habitaciones, lo cual fundamento en aquella noción de familia-clan que tiene sus raíces, a su vez, en ése clan de mi infancia que sólo me abandonaría a los quince años por razones de muerte y pena…y que aún anhelo volver a tener. Cada habitación es especial, decorada con colores de otoño, flores y cuadros, para dar así esa sensación de sabiduría que entrega lo rústico. Tiene una gran biblioteca en la que se encuentran todos los planetas: desde Agatha Christie y sus novelas policiales, pasando por Allan Poe junto a sus colegas poetas malditos, los clásicos de Homero, la gran burla de Miguel de Cervantes, la belleza de Segismundo en la obra de Calderón de la Barca, los relatos de los tantos novelistas latinoamericanos llenos de esa realidad mágica propia “del mundo del sur”, los cuentos de ciencia ficción –(o “ficción científica” como dicen los críticos, a quienes apoyo)-, literatura infantil, poesía de todos los tiempos, crónicas, ensayos, doctrinas políticas, obras de teatro y todo cuanto pueda ser devorado por los ojos y la inmensidad del pensamiento. Tiene una mesa muy grande instalada para los almuerzos y las comidas familiares, dispuesta a escuchar conversaciones sobre tiempos pasados, actualidad nacional, música, teatro, religión, deportes, críticas, sexualidad y cualquier cosa que en otras mesas resulten tabú. Nada de televisión hipnótica que se adjudique el monopolio de la atención individual para crear un silencio sepulcral en orden a escuchar lo que dicen las noticias sobre asaltos y decomisos de cocaína en todas aquellas poblaciones que día a día tachan de “marginales” para que las marginemos.
El refugio está marcado por un olor, conjunto de muchos olores que mezclados le dan aquella identidad única: frutas, carnes, quesos, flores, tierra húmeda, pasto, tortillas de rescoldo y leña, son su principal huella. Está al lado de un bosque por el que, como es de esperar, pasa un riachuelo que inunda todo con su ruido y baña de agua aquel verde y que, probablemente, sea el que cobije mis cenizas cuando mi cuerpo ya no exista.
Lo veo en invierno, lo quiero en verano, lo añoro en primavera y lo siento en otoño. Sé que será mío pero nunca SÓLO mío, pues por él transitarán niños, amigos, familiares y, espero, que también lo haga aquel hombre que se quede junto a mí…compartiendo el queso y el vino tinto, la chimenea, el bosque y el raulí...
Cuando retomé la lectura, me di cuenta que estuve fantaseando desde la página 68 hasta la 70 y me vi obligada a retroceder para eliminar la distancia entre mi narradora y yo. Fue necesario si, que antes de seguir, acudiera al rincón secreto y tomara el último chocolate que me quedaba.