Engañada por la imagen de minutero y horario, no puedo hacer sino fingir que la figura geométricamente perfecta del círculo formado por las 12 horas del día y la noche es una eternidad redonda siempre conocida pero jamás abarcada ni, mucho menos, abarcable. Como la luna, el sol, las células, los ovarios, los óvulos, todos los planetas del sistema solar y la vida en general.
Hay algo de espantoso en creer que el tiempo es lineal. Como si los sucesos tuviesen la libertad de iniciar en cero y terminar en cero. Como si "cero" fuese igual a decir "nada", con la tranquilidad infinita de, adicionalmente, asumir que antes y después de la supuesta "nada" también hay nada.
No respiro minutos, respiro tiempo sin número. No vivo fechas, vivo amaneceres diferentes. No estoy en clase a las 14.30 porque las 14.30 con toda su convención y abstracta colocación social-humana-individual (o a la inversa) me importan un carajo. Basta de arbitriaridades alguna vez, por favor.
Contar el tiempo fue el peor invento que pudo haberse creado. Es más, creo firmemente que su génesis responde a meras ansias conspiratorias. "Cronómetro" es un término tan feo, pero tan feo, que encierra en sí la fusión de "Dios" con "medición". Pregunto: ¿Es posible aquello? Debiésemos entonces llamarle "vidómetro", y romper cada ejemplar en las vitrinas si es que pretendemos que el resto no se entere antes que nosotros acerca de lo que vamos a hacer en aquel futuro preestablecido y ya cuantificado: "se avecina la hora de once", "se avecina la hora de que cambies", "se avecina una tormenta".
¿Hasta qué punto la confluencia ordenada de las vidas humanas en sociedad se hace productiva y funcional para ellas mismas? ¿Existirá realmente algún motivo de orden ontológico que lo avale? ¿Cuánto caos puede provocar la convención que surge para otorgar orden?
Por eso, mirar el reloj será siempre un precipicio.