Es que esta publicidad idiota de cremas anti-envejecimiento, de tinturas que cubren "el 100% de las canas", del comercial "lift active" de Vichy, de batidos y golpes (ojo: "golpes"!) vitamínicos, de tickets de descuento en "group on" para masajes reductivos y días de rejuvenecimiento en un spa, de dietas milagrosas a base de frutos siempre existentes pero recién descubiertos que sanan hasta los más increíbles padecimientos físicos, psicológicos, emocionales, psíquicos, esotéricos y astrales ya me tienen hasta los ovarios.
Me altera que nos impidan mostrar el reflejo físico del trayecto de los años en nuestros cuerpos. Impotencia me produce el encuentro inconsecuente del discurso pro-experiencia y el discurso pro-juventudnotevayasnoquieroservieja.
O más bien, no puedo serlo. Porque la vejez en este país, es algo así como una catástrofe humana. Te cobran el 7% de la miserable pensión que recibes, -premio al esfuerzo laboral de toda tu vida- para tener salud asegurada, en consultorios con doctores poseedores de una vocación increíble, que se limitan a recetar ibuprofenos y aspirinas luego de 3 meses de espera. (A mis lectores con Isapre, les informo que así es como trata el sistema a los viejitos pobres).
Por otro lado, la posibilidad de la muerte se hace cada vez más cercana. Aunque tal vez, debiera decir "probabilidad", porque la muerte, ese término, en la medida de la posibilidad ha estado ahí con nosotros desde la primera vez que respiramos, compartiendo siempre una existencia dual con la vida. Nos enseñan a no decidirla, aprendemos a no quererla, pero nada de eso significa que sea una realidad lejana. Sin embargo, más allá de toda reflexión, la pirámide de transición demográfica demuestra que al menos en Chile, hay un mayor registro de muertes en los tramos de edad que van desde los 60 años en adelante. Y bueno, si la demografía lo dice...
Entonces
Michel Foucault dice que el poder se ejerce directamente sobre nuestros cuerpos, y es verdad. Hay un control desde la cultura hacia la corporalidad individual que es normativa y excluyente, donde la figura humana para "humanizarse" debe seguir determinados patrones de apariencia. Consecuente con eso, están los parámetros de qué es lo mejor visto dentro de lo que es posible ver y, en ello, el hedonismo posmoderno propio del alza cualitativa en la importancia del sujeto se impone firmemente, coaccionándonos a todos a ser "bellos". Y parece ser que, ser bello y ser viejo, son elementos excluyentes.
Pareciera ser que el éxito, la fortuna y todo lo relacionado con las concepciones respecto al buen vivir, tienen lugar en la juventud. Visto esto desde la perspectiva del control social, puede ser bastante exitoso: los viejos merecen descuidos a nivel de política pública puesto que su vida no vale lo mismo que la de un joven con su inherente futuro promisorio. De ahí, legítimo es que les cobren el 7% en salud, que el transporte público con sus micros y escaleras no los consideren, etc.
Pero nos olvidamos de la entrega. Nos olvidamos de la sabiduría. No hacemos caso a la experiencia y dejamos de valorar a quienes han estado con nosotros durante años.
Vale la pena entonces?
Es necesario cambiar la perspectiva. Es urgente comprender la vida en su totalidad y no centrarla en etapas de mayor y menor relevancia. Todo el tiempo construimos camino y ningún momento es más o menos relevante.
En mi caso, tengo una viejita hermosa que me cuida desde el recuerdo y quizás, desde algún otro lugar. Tengo también, dos viejitas más que se alegran de verme y me reciben con inmenso amor cada vez que llego a mi casa. La belleza que hay en eso, trasciende definitivamente cualquier producto anti-arrugas y sus vidas, valen mucho más que cualquier parámetro estético.