El mundo guarda siempre un traslúcido aspecto de lugar hóspito, hasta que llegan ellas.
Son unas criaturas tan pero tan chicas, que da a la impresión la libertad de aventurarse con sus dimensiones: no se sabe si alcanzan a tiener células o si acaso caben en ellas los ribosomas, las vacuolas, las mitocondrias o incluso, las hebras de adenina. Es que insisto, poseen un espacio tan mínimo, que el tiempo casi cree que no existen. Es más, yo misma siento que me la "juego" cada vez que afirmo con mi palabra el peso de su onto.
Es que son muy chicas wn.
Son tan pero tan pequeñas, -¡qué "pequeñas"! son ÍNFIMAS, MINÚSCULAS, DIMINUTAS, EXIGUAS-, que no se escuchan cuando están presentes y tampoco se huelen, porque la distancia entre nuestros sentidos y su ser, no lo permite.
Sin embargo, hay una forma de sentirlas y es, de hecho, infalible. Aun cuando son tan insignifantes en tamaño, estas criaturas son capaces de dejar marcas imborrables en los cuerpos de todo aquel desgraciado ser humano que concurra perentoriamente a la desdicha de topárselas, (sí, porque además de chicas, son una calamidad viviente). Esas marcas, según me han contado, poseen el color brillante y los tintes de la mismísima sangre, y quedan a la vista tal como la letra escarlata quedaba a la vista del vulgo en esas pobres mujeres. Dejan además en la piel, una hinchazón desoladora: ¡desfigúranse las partes del cuerpo humano! las manos, los pies, el cuello, el abdomen, la espalda, las piernas, los hombros, el rostro, todo, todo es objeto de esta escalofriante hinchazón. Y no hay salida.
Finalmente, la última señal que dejan en los cuerpos estas nefastas criaturas, es... la picazón. Pero no es cualquier picazón, ¡no, no, no! es una picazón terrible, espantosa, intolerable, ¡picante! que recorre todo el cuerpo y ataca simultáneamente las distintas zonas por las que estas caraduras se han paseado cual Pedro por su hogar en momentos que pasan completa y absolutamente desapercibidas ante nuestros ojos.
Ahora bien, habiendo dejado ya aqui un registro y, constituyendo también un aviso sobre lo que estas criaturas pequeñas pero potentes son capaces de hacer, es que escribiré para ustedes la fórmula que permitirá alejarlas para siempre. Es una fórmula compleja, secreto milenario, y debe decirse con la convicción de que no retornarán jamás nunca a hacer de las suyas sobre la piel nuestra. De esta forma, dejo la fórmula, el conjuro ante ustedes, para que nunca más sufran los embates de esta ferocidad:
Son unas criaturas tan pero tan chicas, que da a la impresión la libertad de aventurarse con sus dimensiones: no se sabe si alcanzan a tiener células o si acaso caben en ellas los ribosomas, las vacuolas, las mitocondrias o incluso, las hebras de adenina. Es que insisto, poseen un espacio tan mínimo, que el tiempo casi cree que no existen. Es más, yo misma siento que me la "juego" cada vez que afirmo con mi palabra el peso de su onto.
Es que son muy chicas wn.
Son tan pero tan pequeñas, -¡qué "pequeñas"! son ÍNFIMAS, MINÚSCULAS, DIMINUTAS, EXIGUAS-, que no se escuchan cuando están presentes y tampoco se huelen, porque la distancia entre nuestros sentidos y su ser, no lo permite.
Sin embargo, hay una forma de sentirlas y es, de hecho, infalible. Aun cuando son tan insignifantes en tamaño, estas criaturas son capaces de dejar marcas imborrables en los cuerpos de todo aquel desgraciado ser humano que concurra perentoriamente a la desdicha de topárselas, (sí, porque además de chicas, son una calamidad viviente). Esas marcas, según me han contado, poseen el color brillante y los tintes de la mismísima sangre, y quedan a la vista tal como la letra escarlata quedaba a la vista del vulgo en esas pobres mujeres. Dejan además en la piel, una hinchazón desoladora: ¡desfigúranse las partes del cuerpo humano! las manos, los pies, el cuello, el abdomen, la espalda, las piernas, los hombros, el rostro, todo, todo es objeto de esta escalofriante hinchazón. Y no hay salida.
Finalmente, la última señal que dejan en los cuerpos estas nefastas criaturas, es... la picazón. Pero no es cualquier picazón, ¡no, no, no! es una picazón terrible, espantosa, intolerable, ¡picante! que recorre todo el cuerpo y ataca simultáneamente las distintas zonas por las que estas caraduras se han paseado cual Pedro por su hogar en momentos que pasan completa y absolutamente desapercibidas ante nuestros ojos.
Ahora bien, habiendo dejado ya aqui un registro y, constituyendo también un aviso sobre lo que estas criaturas pequeñas pero potentes son capaces de hacer, es que escribiré para ustedes la fórmula que permitirá alejarlas para siempre. Es una fórmula compleja, secreto milenario, y debe decirse con la convicción de que no retornarán jamás nunca a hacer de las suyas sobre la piel nuestra. De esta forma, dejo la fórmula, el conjuro ante ustedes, para que nunca más sufran los embates de esta ferocidad:
¡¡¡Malditas pulgas si me pican denuevo me acrimino y mando a fumigaaaaaaar!!!