lunes, 7 de febrero de 2011

Dulces con licor

Me gusta sentir en mi boca el sabor de los dulces con licor
con los dientes, quebrarlos
morderlos, mascarlos, destruirlos
repartir su estructura en mil pedacitos de cristal
y sentir cómo el dulce y el amargo
sin tregua
se mezclan en mi.

jueves, 3 de febrero de 2011

En el precipicio del fin del mundo

Al sonido del piano danzo en horizontes infinitos. Veo
cómo el fin del mundo es un precipio
que cae desde el último océano de la creación
hasta el universo y sus constelaciones.
Giro, voy dando vueltas por mi abismo soñado
por ese espacio en que sólo existimos el mundo y yo;
Arriba un amarillo
abajo un azul
al fondo un rojo
y en negro y entre todo, yo
Vuelta tras vuelta voy zurcando la historia
de una hoja resvala una gota
la gota inunda el vientre
y forma un nido de agua
Así bailo hasta llegar al día en que del nido de agua
salgo en viaje hacia el cielo
el día aquel en que la cuerda se rompió
y me regalaron la libertad de ser yo, única e irrepetible
pequeña, una en un millón, vulnerable,
majestuosa, eterna en los recuerdos.
Con mi danza voy creando una línea divisoria de realidades
una encierra al tiempo en los relojes
mientras la otra se muestra permisiva y
haciendo caso omiso al tic-tac
lo deja ir en años luz
en sombra
en destello estelar
¿Cómo saber cuando comienza y termina este juego?
Tiempo...

miércoles, 2 de febrero de 2011

Cementerio de libros

Recordaba que cuando iba en el colegio y, a raiz de una mala nota, su papá le había dicho mirándolo fijamente: "Hijo, la única herencia que puedo dejarte son los estudios, aprovechalos". Pero a él no le importó.
Veía cómo ambos, papá y mamá compraban Atlas, diccionarios, enciclopedias, para después seguir con literatura y poesía. Así, su casa se convirtió en un gran libro con puertas y ventanas: dormía entre las páginas de "En nombre de la rosa", en el espejo del baño leía "Don Quijote de la Mancha", el techo tenía los versos de "Altazor" y las alfombras del living y el comedor habían sido reemplazadas por poemas de Gustavo Adolfo Becquer, Emily Dickinson y cuentos de Allan Poe. Pero a él, claro, no le importaba.
Pasó el tiempo, creció y comenzó a tomar sus propias decisiones, a adquirir sus propios gustos... De manera que un buen día, quitó los Cien Años de Soledad que estaban sobre la radio, conectó su mp3, y fue así que sonó el reggaeton a todo chancho en toda la cuadra.