Porque tal como históricamente sucede en este país, se cambió algo malo por otra cosa peor, es que publico aquí un breve ensayo del profesor Christián Larotonda sobre la LGE, específicamente sobre uno de sus más polémicos artículos dado el grave efecto de este en el sistema educacional chileno.
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El debate acerca de la incorporación de profesionales de otras áreas distintas a la educación prevista por la LGE en su artículo 46-g es un síntoma más de la devaluación social de la pedagogía y de los profesionales de ésta. Las razones del desprestigio de la profesión docente son múltiples y complejas. Atribuir solamente este desprestigio a los magros resultados obtenidos por los jóvenes chilenos en las pruebas internacionales de educación sería un simplismo; no se trata de malos resultados en tal o cual prueba lo que ha provocado la opinión generalizada de que la educación «está mal». Por lo demás, también sería una ingenuidad creer que estos malos resultados o que la disconformidad general sobre la educación sea sólo producto de la baja calidad de los profesores; eso sería una respuesta muy cómoda. Culpar sólo a los docentes sería ignorar las razones históricas, políticas y culturales de esto que hoy llamamos “baja calidad de la educación”.
Este artículo no pretende indagar en las causas de los resultados o calidad del sistema educativo, sino más bien en preguntarse porqué se cree que otros profesionales podrán hacer mejor que los profesores de Chile la tarea profunda de educar.
Este artículo no pretende indagar en las causas de los resultados o calidad del sistema educativo, sino más bien en preguntarse porqué se cree que otros profesionales podrán hacer mejor que los profesores de Chile la tarea profunda de educar.

Llama la atención ver cómo en la mayoría de los medios de comunicación nacionales se difunden, de manera repetitiva, entrevistas, y artículos en los que aparecen diversos «especialistas» en educación defendiendo la necesidad de incluir esta modificación al proyecto de ley. Al mismo tiempo, no aparecen difundidas en estos medios las «voces disidentes», a excepción de la del Colegio de Profesores. El discurso tal como se lo presenta parece llevar el debate de la discusión de este cuestionado artículo 46-g a una tensión entre una «respuesta profesional» al problema versus una «respuesta gremial». Si esa es la tensión de intereses, todos ya sabemos cuál es el resultado de este debate, y cuál es el deber moral de los legisladores al respecto.
Sin embargo, estos mismos medios no hacen referencia a que muchos de los que expresan su adhesión a la modificación de este artículo, no opinan de manera similar cuando se trata del mundo empresarial. Por ejemplo, nadie ha propuesto a filósofos o especialistas en ética para que dirijan los destinos de las cadenas farmacéuticas, por razones que hoy son de público conocimiento.
Cabe entonces preguntarse sobre las motivaciones de este apoyo. ¿Qué les hace creer que profesionales de otras áreas harán mejor que los profesores el trabajo de educar? ¿Será que son profesionales de altísimo nivel? Personalmente no tengo constancia de ello. Es más, me pregunto ¿qué es lo que haría que un profesional, como un ingeniero, que puede obtener, con cierta facilidad, rentas tres o cuatro veces superiores a la de un profesor, opte por trabajar en el sistema educativo? ¿Será, acaso, que no obtiene un empleo en su profesión? Y si no obtiene empleo, ¿qué les hace presumir que un profesional que no ha sido exitoso en su materia, sí lo haría bien como profesor? Está claro que hay detrás de esta posición una serie de suposiciones que son difíciles de sostener o justificar.
Me resultan curiosos estos cuestionamientos. Además, debo confesar que soy un poco escéptico y no creo en las vocaciones masivas y repentinas. Por lo demás, si algún profesional ha descubierto su vocación docente tardíamente, puede acercarse a algunas de las muchas universidades que brindan programas de segunda titulación en educación para profesionales. Que postule allí; que realice sus pruebas de ingreso en las que demuestre sus conocimientos de las materias del curriculum escolar y que se tome su tiempo para aprender pedagogía. Su tarea es demasiado importante como para improvisar en ella.
Sin embargo, estos mismos medios no hacen referencia a que muchos de los que expresan su adhesión a la modificación de este artículo, no opinan de manera similar cuando se trata del mundo empresarial. Por ejemplo, nadie ha propuesto a filósofos o especialistas en ética para que dirijan los destinos de las cadenas farmacéuticas, por razones que hoy son de público conocimiento.
Cabe entonces preguntarse sobre las motivaciones de este apoyo. ¿Qué les hace creer que profesionales de otras áreas harán mejor que los profesores el trabajo de educar? ¿Será que son profesionales de altísimo nivel? Personalmente no tengo constancia de ello. Es más, me pregunto ¿qué es lo que haría que un profesional, como un ingeniero, que puede obtener, con cierta facilidad, rentas tres o cuatro veces superiores a la de un profesor, opte por trabajar en el sistema educativo? ¿Será, acaso, que no obtiene un empleo en su profesión? Y si no obtiene empleo, ¿qué les hace presumir que un profesional que no ha sido exitoso en su materia, sí lo haría bien como profesor? Está claro que hay detrás de esta posición una serie de suposiciones que son difíciles de sostener o justificar.
Me resultan curiosos estos cuestionamientos. Además, debo confesar que soy un poco escéptico y no creo en las vocaciones masivas y repentinas. Por lo demás, si algún profesional ha descubierto su vocación docente tardíamente, puede acercarse a algunas de las muchas universidades que brindan programas de segunda titulación en educación para profesionales. Que postule allí; que realice sus pruebas de ingreso en las que demuestre sus conocimientos de las materias del curriculum escolar y que se tome su tiempo para aprender pedagogía. Su tarea es demasiado importante como para improvisar en ella.

Tal como señala el documento de la CDEUCR (Confederación de Decanos de Educación de Universidades del Consejo de Rectores), todos los países de alto desarrollo humano y económico han dado un papel prioritario a la educación y a los cuadros que en ella trabajan: sus profesores. En el caso de Chile, si se considera que el problema del sistema educativo son sus profesores, la solución no parece ser que otros, de los que tampoco tenemos ninguna certeza de sus conocimientos y, mucho menos, de sus competencias pedagógicas, ocupen su lugar. Esta salida no parece abordar el problema de manera seria.
En mi opinión, el debate sobre este artículo no hace más que develar propósitos y problemas que son de otra índole. Por ejemplo, ¿por qué sobran profesionales en otras áreas? Si no sobraran, no veo porqué quisieran cambiar de profesión, teniendo presente que la pedagogía es la peor pagada de todas ellas. Nos falta tomar consciencia de que no hemos sido capaces de tener, como país, un sistema productivo capaz de absorber la creciente cantidad de profesionales que las instituciones de Educación Superior están formando. Consiguientemente, cabe preguntarse sobre las causas (y las consecuencias) de esta situación por demás delicada. Así, la discusión sobre el «lucro» en la educación recobra relevancia, pero lo resignifica: el problema no es que exista lucro, la dificultad está en hacer de esto un negocio. ¿No será hora de ver cómo se regula la oferta de cupos de formación universitaria y profesional? El mercado no parece ser un buen árbitro; todo ha mostrado en el mundo que no lo ha sido, no veo porqué acá en Chile sí lo sería.
Estas reflexiones no hacen más que mostrar que una decisión de este tipo no tiene un fundamento sólido y reflejan, por otra parte, una minusvaloración de la reflexión y del trabajo académico realizado por más de un siglo. Si sólo bastara con saber ciertos contenidos (en el caso supuesto que otros profesionales sí los tuvieran) para ser buen profesor, no vale la pena, siquiera, discutir sobre la aprobación de este artículo. Con eso pierde todo sentido indagar o preocuparse sobre la psicología cognitiva o la didáctica o el currículum, etc., etc. No vale la pena estudiar los planteamientos de figuras de las tallas de Piaget, Dewey, Delohrs, Stenhouse, Freire, etc., etc..
Pareciera, en fin, que las razones que mueven a algunos a promover la incorporación al sistema educativo de profesionales de otras áreas para que actúen como profesores tienen su origen en una ignorancia flagrante o en fundamentos político-ideológicos. Yo me inclino por esta segunda opción, pero lamentablemente, la discusión de estos fundamentos se omite, se oculta o se evita por motivos que desconozco y que no termino de comprender.
En mi opinión, el debate sobre este artículo no hace más que develar propósitos y problemas que son de otra índole. Por ejemplo, ¿por qué sobran profesionales en otras áreas? Si no sobraran, no veo porqué quisieran cambiar de profesión, teniendo presente que la pedagogía es la peor pagada de todas ellas. Nos falta tomar consciencia de que no hemos sido capaces de tener, como país, un sistema productivo capaz de absorber la creciente cantidad de profesionales que las instituciones de Educación Superior están formando. Consiguientemente, cabe preguntarse sobre las causas (y las consecuencias) de esta situación por demás delicada. Así, la discusión sobre el «lucro» en la educación recobra relevancia, pero lo resignifica: el problema no es que exista lucro, la dificultad está en hacer de esto un negocio. ¿No será hora de ver cómo se regula la oferta de cupos de formación universitaria y profesional? El mercado no parece ser un buen árbitro; todo ha mostrado en el mundo que no lo ha sido, no veo porqué acá en Chile sí lo sería.
Estas reflexiones no hacen más que mostrar que una decisión de este tipo no tiene un fundamento sólido y reflejan, por otra parte, una minusvaloración de la reflexión y del trabajo académico realizado por más de un siglo. Si sólo bastara con saber ciertos contenidos (en el caso supuesto que otros profesionales sí los tuvieran) para ser buen profesor, no vale la pena, siquiera, discutir sobre la aprobación de este artículo. Con eso pierde todo sentido indagar o preocuparse sobre la psicología cognitiva o la didáctica o el currículum, etc., etc. No vale la pena estudiar los planteamientos de figuras de las tallas de Piaget, Dewey, Delohrs, Stenhouse, Freire, etc., etc..
Pareciera, en fin, que las razones que mueven a algunos a promover la incorporación al sistema educativo de profesionales de otras áreas para que actúen como profesores tienen su origen en una ignorancia flagrante o en fundamentos político-ideológicos. Yo me inclino por esta segunda opción, pero lamentablemente, la discusión de estos fundamentos se omite, se oculta o se evita por motivos que desconozco y que no termino de comprender.
Profesor Christián Larotonda
Coordinador de Línea Pedagógica
Escuela de Educación
Universidad Academia de Humanismo Cristiano
Coordinador de Línea Pedagógica
Escuela de Educación
Universidad Academia de Humanismo Cristiano
