Recuerdo claramente que cuando pequeña tenía mis preferencias muy bien marcadas: mi príncipe azul debía ser alto, muy blanco, rubio y de ojos azules. Claramente rompí con aquel anhelo de virtuosa concepción occidental de belleza cuando mi primer pololo me encantó con su pelo negro, tez morena y el color de los ojos de la población nacional que manifeista el gen dominante, osea, el café... pero bueno, por lo menos es más alto que yo...
Cuando empecé a "madurar" -(no sé cuando ocurrió aquella calamidad)- me interné en el mundo de las letras y entonces se volvieron a marcar las diferencias: mi príncipe azul debía ser un hombre, no un "hombre pez" como los que describe Hesse. También, tenía que dejarme domesticarlo y querer domesticarme, como lo plantea el zorro del Principito, debía contar con toda la astucia, valentía, nobleza y el arrojo de Gabo, de los "Rockeros Celestes" y, lo más importante, debía soñar con un mundo mejor y dedicarme cada una de las batallas de las que saliera vencedor, tal y como el Caballero Andante lo hiciera por su Dulcinea del Toboso allá, en ese lugar de La Mancha cuyo nombre no recuerdo aun...
...Pero la historia se construye para mi en universos paralelos a los de mi príncipe azul, porque cada vez abro más los ojos y siento que no está aquí, que no acude a mi...quizás no es tan bueno tener las cosas claras, pues así me conformaría más rápido con un hombre pez al que no le interese conocerse, quizás...
Pero en los días que amanezco con luz, cierro los ojos y camino por el aire y entre las sonrisas, entonces pienso que quizás aquel hombrecillo que tanto conozco y desconozco a la vez se ha paseado ante mi y lo sigue haciendo, sigue y me sigue, esperando a que lo vea, que por fin escuche su llamado para así ya no sentirlo más como una llamada perdida.
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