miércoles, 4 de noviembre de 2009

Defensa Personal

Se ha hecho recurrente oírlo por estos días, se entiende, estamos ad portas a las presidenciales y surgen éstos temas…como siempre, los mismos: que a cuál de todos les crees menos, que la izquierda aquí, que la derecha acá, que si estás inscrita, que por qué no lo estás, que la Concertación y su incapacidad, que el legado del dictador, que el ‘73. Siempre se llega al ‘73. Antes de eso se habla de todo muy correctamente -(como es menester en política, lo dijo Maquiavelo y yo le creo)- pero una vez se menciona la Dictadura de Guzmán, perdón, de Pinochet, todo cambia…porque claro, sólo quienes “lo vivieron” pueden seguir articulando palabras, los otros, no, ¿Por qué? Porque “no lo vivimos”. Pero hoy voy a defenderme. A mí y a todos los que sin haber ocupado lugar en el espacio el ‘73 tenemos más de un grito en su contra, más de un planteamiento, más de una crítica y más de una herida. Porque ése año es una herida.

-Seré breve.

No viví el paleozoico, ni el mesozoico, ni ningún zoico.
Tampoco estuve peleando durante la Segunda Guerra Mundial, ni permití la llegada de Hitler al poder, ni firmé el Tratado de Versalles.
Me hubiese encantado gritarle sus verdades a Pérez Zujovic después de la matanza de Puerto Montt.
No presencié la última misa en latín producto de las reformas adoptadas en el Concilio Vaticano II.
No llegué a tiempo para evitar la muerte de Allan Poe en aquella sucia calle perdida en el mundo de la poesía maldita.
No fui Miguel Ángel, ni Rafael, ni Da Vinci. Tampoco Frida, María, ni Gladis.

Y no viví el ‘73, fíjense ustedes, caballeros. Fíjense ustedes, los que niegan la posibilidad de opinar, los que alegan ignorancia y son ignorantes de lo que vivieron otros en ese mismo período, los que no vivieron otros períodos de la historia y aún así hablan de ella, sueñan con ella, ríen de ella, reniegan de ella, viven de ella.
No somos hoy sin ser ayer, ¿Tanto cuesta comprender los caracteres de la esencia?
La historia se construye con cada paso y le pertenece a cada uno en idéntica medida y forma, ¿De dónde surgió la soberbia magnánima de la que éstos sujetos se valen para quitar legitimidad al pronunciamiento que yo o quien sea haga sobre ella?
No estoy dispuesta a que me callen con argumentos carentes de sustentabilidad en la lógica y en la sensatez.
No pido tolerancia hacia la opinión que tengo al respecto ni tampoco al sólo hecho de tenerla, puesto que soy libre para pensar –(al menos para eso aún)-, puesto que tengo dos ojos y me puedo informar, puesto que soy hija de una madre y de un padre que vivieron 17 años de dictadura y aquello no les fue indiferente, créanme, y porque no tengo que pedirle tolerancia a nadie para decir lo que creo.
Y resulta que hay reproches ¡REPROCHES! ante la baja participación de los jóvenes en la política, ante la no inscripción en los Registros, ante las protestas estudiantiles contra todas las herencias de aquel funesto régimen, ante nuestra decepción, y también claro, ante nuestra ignorancia.
Tienen dos opciones: o se ponen de acuerdo o se van al carajo.

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”

¿Podré entonces, algún día, hablar sobre ella sin recibir a cambio miradas de reproche retrógrado?
Yo no lo viví, a mí me lo heredaron y no tuve opción de negarme. Me afecta cada vez que voy al médico, que pago impuestos, que “elijo” entre un mp4 o un i-pod, que cambio las noticias de Chilevisión, que no manejo contenidos básicos de alguna materia que debiese haber sido vista en el colegio y que sin embargo no lo fue por causa de una ley que nos quiere ignorantes, etc.
Y no quieren que hable.
Y si lo hago carece de fundamento.
Y sólo podría tener un resquicio de validez en caso de estar inscrita.
Y si no lo estoy es por causa del sistema electoral adoptado por la Constitución del ‘80.
Pero más vale que no hable de los ‘80, porque “no los viví”.

Más vale que no analice los hechos pasados que dieron vida a éstos, que no critique, que no reflexiones, que no busque explicaciones, que no piense. Sí, que no piense. Que me muera en sus reproches. Que me sienta carente de la calidad necesaria para opinar y cierre mi boca, aniquile mis ideas, ahogue mis palabras. Que haga oídos sordos a la realidad en la que me desenvuelvo. Que sea inconciente. Que no tenga motivos. Que sea un cuerpo más entre la masa capitalista y así canalice todo el esfuerzo de mis neuronas en encontrar la más óptima de las formas para conseguir dinero. Sólo en eso y nada más que en eso. Que mi preocupación sea llegar viva y con todos mis bienes a casa. Que sea buena estudiante, saque mi título y me una al mundo de los que viven para trabajar lo más rápido posible. Que compre “Las Ultimas Noticias” y vea mucha televisión. Que haga mía la posición del individualista y deje de causar discusiones a la hora de almuerzo.
No al diálogo, ya que eso trae como consecuencia conocer las posturas de otros. Sí al monólogo, al monólogo de todos al unísono, al que nos impide escucharnos y comprendernos, al que no le interesa nada más que sí mismo.
Siento que es imposible ser parte de una sociedad y no medir el alcance de las actuaciones colectivas que le dan sentido a lo que vive cada uno, ¿Acaso no les da pena contrastar el sueño de una sociedad justa con las peleas a cuchillazos adentro de las salas de clases? ¿Y quieren seguir siendo espectador? Bien, si es así yo nada puedo hacer, pero no vengan a imponerme a mí que siga el mismo decadente modelo porque no estoy dispuesta a dejar pasar la historia ni ser una muerta más caminando por los pasillos desolados de un mundo de adultos decepcionados que no acepta cambios, revolución, vida, pese a que los pide a gritos.

Las voces jóvenes han sido calladas por los medios de comunicación, por los prejuicios de los viejos y sus miedos, por los políticos a los que no les conviene que critiquemos demasiado pues arriesgan sus puestos y confort, pero ya basta. Somos nosotros quienes debemos convencernos de la validez y legitimidad de las opiniones que emitimos, de los planteamientos que tenemos y de la madurez que podemos otorgarles, de que lo que pensamos no es sólo romanticismo sino realidad y que nada ni nadie nos puede negar el derecho a expresarnos libremente.

Volverá la conversación, otra vez saldrá a la luz el mismo tema y yo no me callaré, ¿Hay más voces dispuestas a seguirme?

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