viernes, 5 de marzo de 2010

Mi terremoto

Recuerdo de manera nítida aquella sala de clases con aproximadamente 35 alumnas y un profesor de filosofía hablando sobre las relaciones de causalidad. Se pronunció sobre el egocentrismo humano en cuanto a esa curiosa sensación que alberga de omnipotencia frente al mundo, y nos pidió que hiciéramos el alcance ya que, tal como sus palabras dijeron: "puede que mañana el sol no salga". Comprendí que cada idea que surge sobre el mañana sólo se fundamenta en una esperanza de vida incierta y frágil, tan frágil como nuestra carne y nuestros huesos y como todos esos pilares de sociedad construídos sobre nubes. Cientos de muros al suelo con un solo rugido de la Tierra, cientos de casas devastadas y cientos de personas con nada más que su ser.
Es así como veo que cada plan es una burbuja de ilusiones,que si hoy digo a alguien: "nos vemos" estoy haciendo uso de un conocimiento que no tengo y que hasta el proyecto más serio y concreto es nada más que una vaga proyección sentada en la libre disposición de algo que no me pertenece, que es el futuro. Lo que es peor, es que lo hago sin ninguna vergüenza.
Entran en juego diversos factores: la costumbre de estar acostumbrada, la inocencia, la ignorancia, el adelantarse a la eventualidad de los hechos, el querer que nuestra voluntad prospere ante la incertidumbre de lo incógnito, la inercia, el reglar la normalidad y conducirnos en base a ello,la no contemplación...Y creo que es por todo esto y aún por otras cosas que nos cuesta tanto sobreponernos a situaciones que exceden la esfera de nuestro control y determinación, porque creemos que nunca quedaremos al descubierto y no consideramos la posibilidad de ser arremetidos por la superioridad de aquella realidad que no podremos manipular jamás.
Todos los avances, todo el "progreso", las grandes construcciones y la más mínima
planificación, todo, queda sujeto a una esperanza y a una duda. Vivir, en conclusión,
significaría pretender sin saber y quién sabe si lo que hacemos es sólo morir la vida que dejamos viva el día de ayer, que en definitiva constituye lo único seguro.
Surge entonces la figura del instante. Sí, aquel espacio de tiempo unico en que un respiro o un beso, palabra, idea o sensación importa más que cualquier cosa y el universo confluye en una sola opinión: ser feliz.
Pero es justamente la felicidad el problema, ya que su perfección nos hace quererla presente y de ahí sólo hay un paso hacia la proyección y de ahí la construcción y de ahí la inercia y la esperanza...
Pregunto: ¿Justifica la felicidad, constituída como "causa final", cada lágrima precedente? o ¿Es mejor tener una causa o experimentar el devenir esperando nada?
Quisiera responder, mas mi humilde condición de humana no lo permite. Sin embargo,tengo la plena intención de dejar una puerta abierta a la detención, a la reflexión, a la duda. Porque la omnipotencia no existe, porque la seguridad del mañana es una ilusión y la existencia un momento dentro de infinitos otros perdidos en los espacios que el tiempo nos brindó con algún objeto desconocido.

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