Tenía 11 años y varios compañeros de colegio que vivían cerca de ahí. El muro blanco aquel, parecía no terminar nunca y, frente a él, un árbol medio café medio morado adornaba la vereda con sus flores. La rejilla que nacía justo en el fin vertical del muro, a la altura de mi cintura, permitía ver hacia el interior donde, además de todo el verde pasto, estaban ellos, los locos del psiquiátrico.
Cada mañana salían al jardín verde pasto y, con sus manos en la rejilla, se afirmaban de la frontera divisora de la realidad, como queriendo arrancar de la suya, como queriendo sentirse libres. Saludaban a todos quienes pasábamos por esa vereda -a todos quienes no cruzábamos a la del frente- y, como es de esperarse, nos preguntaban cómo estábamos. A eso de las seis de la tarde los entraban a su blanca caja de olvido, donde en silencio, según supe, recreaban lo vivido en el contacto con la realidad de allá afuera.
¿Qué habrán visto ellos tras la reja, con su mirada loca y sus cuerpos prisioneros? ¿Qué recuerdos jugarán entre las sombras de sus mentes? ¿Qué bellezas habrá en sus mundos?
Las personas les temen, aun cuando ni siquiera puedan ellos diferenciarlas de un duende o un oso polar o un extraterrestre. Y es que la gente ama su normalidad, lo cual es bastante obvio considerando que si eres “normal” no debes explicaciones de nada ni a nadie, no tienes que defenderte, no necesitas argumentar, no nada. Eres como la sociedad te dice que seas, cabes en lo que se espera de ti, no te marginan, no te discriminan, no te pelan, pasas piola, eres uno más de todos aquellos que desean ser iguales a ti, eres parte de la masa. Incluso, si sientes que en ti hay algo importante que te diferencia, intentarás hacer todo lo posible por aparentar que no eres diferente, que encajas con el molde y que amas el engranaje en el que quieren meternos a todos. ¿Cuántas personas hay que prefieren ser infieles antes que terminar con sus parejas ya que estar con ellos les conviene por estatus o economía? ¿Cuántas familias que siguen en pie aun cuando todos se odian entre sí? Se defiende la mentira y se daña y la normalidad, las apariencias y el estatus social parecen estar por sobre la felicidad…y que no se te ocurra ser distinto en la búsqueda de tu bien propio ya que serás el “rebelde sin causa” o te tacharán de alguna otra idiotez para dejar sin validez tus planteamientos...Cientos de artistas han sido atacados en su época, muchos genios han terminado asesinados o suicidados, en fin, cada vez que surgen personas con diferencias notorias entre la sociedad el filo de la normalidad cae sobre ellos, callándolos, haciendo de la homogeneidad la virtud más preciada. Pero, ¿Qué sentido tiene la búsqueda de aceptación externa si en la labor dejas de ser quien eres? Si pierdes tu identidad, ¿Qué ideal vas a defender? ¿Por qué causa vas a vivir? Las convenciones y los acuerdos existen porque en algún momento fueron el medio para alcanzar el bienestar de la mayoría, pero dejan de ser válidos cuando, al cambiar las circunstancias, es la gente la que debe amoldarse a ellos para alcanzar su bienestar, pasando incluso por sobre sí mismos… No puede alcanzarse el bien común cuando no hay un bien propio ni podemos pretender estar siempre validando nuestras acciones en la opinión del resto si no estamos conformes con ellas nosotros mismos.
Socialmente discriminamos todos los días, a los vagabundos, a las minorías sexuales, a quien se viste diferente, a quien quiere cosas diferentes, etc. Pero, ¿Se obtiene algo con eso? ¿Construimos? ¿Aportamos? No, simplemente gastamos palabras en convencernos de lo bien que estamos al ser una masa compacta y no nos interesamos por saber qué es lo que ocurre con aquel “diferente”, simplemente se aísla, se bota, se olvida…
Tengo 22 años y un solo compañero, no precisamente de colegio sino de vida. Hace unos días atrás caminé por la vereda aquella sin cruzar a la del frente. El muro sigue intacto en su blanco sin fin e incluso el árbol sigue allí, también intacto en su traje morado, pero, esas manos que antes acariciaban la realidad tras la reja hoy no pueden hacerlo: una lata gris como la pena y unos cuantos clavos oxidados por el tiempo les cerraron a los locos la única ventana de escape a la realidad del sol. Quizás fue para protegerlos, quizás fue por salud, quizás fue porque alguno de ellos logró escapar y crear redondos túneles móviles en la calle, o quizás fue porque la junta de vecinos del sector solicitó a la Ilustre Municipalidad su cierre por poner en riesgo la salud mental de quienes viven en las cercanías del psiquiátrico y atentar contra la normalidad de sus días llanos y libres de escándalos o cosas que los hagan ver como diferentes…
Me sentí triste cuando estuve ahí, ya que por más que lo quise, nadie pudo regalarme un “hola” de otro mundo en casi tres cuadras de camino.
Cada mañana salían al jardín verde pasto y, con sus manos en la rejilla, se afirmaban de la frontera divisora de la realidad, como queriendo arrancar de la suya, como queriendo sentirse libres. Saludaban a todos quienes pasábamos por esa vereda -a todos quienes no cruzábamos a la del frente- y, como es de esperarse, nos preguntaban cómo estábamos. A eso de las seis de la tarde los entraban a su blanca caja de olvido, donde en silencio, según supe, recreaban lo vivido en el contacto con la realidad de allá afuera.
¿Qué habrán visto ellos tras la reja, con su mirada loca y sus cuerpos prisioneros? ¿Qué recuerdos jugarán entre las sombras de sus mentes? ¿Qué bellezas habrá en sus mundos?
Las personas les temen, aun cuando ni siquiera puedan ellos diferenciarlas de un duende o un oso polar o un extraterrestre. Y es que la gente ama su normalidad, lo cual es bastante obvio considerando que si eres “normal” no debes explicaciones de nada ni a nadie, no tienes que defenderte, no necesitas argumentar, no nada. Eres como la sociedad te dice que seas, cabes en lo que se espera de ti, no te marginan, no te discriminan, no te pelan, pasas piola, eres uno más de todos aquellos que desean ser iguales a ti, eres parte de la masa. Incluso, si sientes que en ti hay algo importante que te diferencia, intentarás hacer todo lo posible por aparentar que no eres diferente, que encajas con el molde y que amas el engranaje en el que quieren meternos a todos. ¿Cuántas personas hay que prefieren ser infieles antes que terminar con sus parejas ya que estar con ellos les conviene por estatus o economía? ¿Cuántas familias que siguen en pie aun cuando todos se odian entre sí? Se defiende la mentira y se daña y la normalidad, las apariencias y el estatus social parecen estar por sobre la felicidad…y que no se te ocurra ser distinto en la búsqueda de tu bien propio ya que serás el “rebelde sin causa” o te tacharán de alguna otra idiotez para dejar sin validez tus planteamientos...Cientos de artistas han sido atacados en su época, muchos genios han terminado asesinados o suicidados, en fin, cada vez que surgen personas con diferencias notorias entre la sociedad el filo de la normalidad cae sobre ellos, callándolos, haciendo de la homogeneidad la virtud más preciada. Pero, ¿Qué sentido tiene la búsqueda de aceptación externa si en la labor dejas de ser quien eres? Si pierdes tu identidad, ¿Qué ideal vas a defender? ¿Por qué causa vas a vivir? Las convenciones y los acuerdos existen porque en algún momento fueron el medio para alcanzar el bienestar de la mayoría, pero dejan de ser válidos cuando, al cambiar las circunstancias, es la gente la que debe amoldarse a ellos para alcanzar su bienestar, pasando incluso por sobre sí mismos… No puede alcanzarse el bien común cuando no hay un bien propio ni podemos pretender estar siempre validando nuestras acciones en la opinión del resto si no estamos conformes con ellas nosotros mismos.
Socialmente discriminamos todos los días, a los vagabundos, a las minorías sexuales, a quien se viste diferente, a quien quiere cosas diferentes, etc. Pero, ¿Se obtiene algo con eso? ¿Construimos? ¿Aportamos? No, simplemente gastamos palabras en convencernos de lo bien que estamos al ser una masa compacta y no nos interesamos por saber qué es lo que ocurre con aquel “diferente”, simplemente se aísla, se bota, se olvida…
Tengo 22 años y un solo compañero, no precisamente de colegio sino de vida. Hace unos días atrás caminé por la vereda aquella sin cruzar a la del frente. El muro sigue intacto en su blanco sin fin e incluso el árbol sigue allí, también intacto en su traje morado, pero, esas manos que antes acariciaban la realidad tras la reja hoy no pueden hacerlo: una lata gris como la pena y unos cuantos clavos oxidados por el tiempo les cerraron a los locos la única ventana de escape a la realidad del sol. Quizás fue para protegerlos, quizás fue por salud, quizás fue porque alguno de ellos logró escapar y crear redondos túneles móviles en la calle, o quizás fue porque la junta de vecinos del sector solicitó a la Ilustre Municipalidad su cierre por poner en riesgo la salud mental de quienes viven en las cercanías del psiquiátrico y atentar contra la normalidad de sus días llanos y libres de escándalos o cosas que los hagan ver como diferentes…
Me sentí triste cuando estuve ahí, ya que por más que lo quise, nadie pudo regalarme un “hola” de otro mundo en casi tres cuadras de camino.
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