
Esta vez tendría que poner más base de maquillaje que otras veces. Necesitaba lograr el color de piel que la naturaleza le había dado, de modo que comenzó con su brocha a marcar los pómulos, la frente y el mentón, deslizándola suavemente por el rostro, para que ninguna de sus partes fuese a desaparecer. Tomó el lapiz delineador y, con un pulso magistral, lanzó los trazos negros sobre los párpados -"para que se vea coqueta"- dijo, y acompañó esto de una máscara de pestañas. Finalmente dió paso al lápiz labial y con un coral intenso rellenó sus labios acorazonados. Ya estaba lista para el velorio. Doce años hacían ya desde la primera vez que con sus labiales, bases, delineadores y sombras alegraba los rostros de los cadáveres que llegaban a la funeraria; era la encargada de practicar las "Artes de la Muerte" y, pese a lo que algunos podían creer, amaba su trabajo.
- La mamá no ha llegado a la casa.
Había quedado un tanto inconforme con el último trabajo realizado. Pensaba que quizás el coral no era el color adecuado para esa piel tan blanca, que tal vez necesitaba un toque más fuerte, como un chocolate o hasta un carmín. Iba camino a casa cuando el deseo de perfección comenzó a llenarle la cabeza por completo, sentía que había quedado mal, que cuando sus familiares la vieran así culparían a la maquilladora por dejarla tan muerta como estaba, que perdería el trabajo, que quedaría cesante para siempre y llena de deudas, que no tendría con qué pagar las cuentas ni el arriendo ni el colegio de sus hijos ni nada. Se devolvió con la mente perturbada por la idea, sentía la cabeza bombear sangre a un ritmo incontrolable, sus manos sudaban frío y un cosquilleo extraño inundaba su estómago. Faltaban tan sólo dos cuadras para llegar a la funeraria cuando el impulso que la había llevado a devolverse se derramó con toda su fuerza por las calles y fue entonces, cuando hechó a correr tan rápido como nunca lo había hecho antes: corría fuerte, con rabia, con espanto, con angustia, como queriendo evitar algo, como si en el desenfreno que la llevaba hasta ese lugar pudiera hallar algo que la detuviera en tan brutal carrera. Al fin llegó, abrió la puerta, vio como todo estaba en el mismo orden en que lo había dejado, pudo respirar hondo y sentir una calma sin fin apoderandose de ella por completo. Se recostó en la camilla, volvió el alma a su cuerpo y conforme, aprobó el coral.
Ya estaba lista para el velorio.
- La mamá no ha llegado a la casa.
Había quedado un tanto inconforme con el último trabajo realizado. Pensaba que quizás el coral no era el color adecuado para esa piel tan blanca, que tal vez necesitaba un toque más fuerte, como un chocolate o hasta un carmín. Iba camino a casa cuando el deseo de perfección comenzó a llenarle la cabeza por completo, sentía que había quedado mal, que cuando sus familiares la vieran así culparían a la maquilladora por dejarla tan muerta como estaba, que perdería el trabajo, que quedaría cesante para siempre y llena de deudas, que no tendría con qué pagar las cuentas ni el arriendo ni el colegio de sus hijos ni nada. Se devolvió con la mente perturbada por la idea, sentía la cabeza bombear sangre a un ritmo incontrolable, sus manos sudaban frío y un cosquilleo extraño inundaba su estómago. Faltaban tan sólo dos cuadras para llegar a la funeraria cuando el impulso que la había llevado a devolverse se derramó con toda su fuerza por las calles y fue entonces, cuando hechó a correr tan rápido como nunca lo había hecho antes: corría fuerte, con rabia, con espanto, con angustia, como queriendo evitar algo, como si en el desenfreno que la llevaba hasta ese lugar pudiera hallar algo que la detuviera en tan brutal carrera. Al fin llegó, abrió la puerta, vio como todo estaba en el mismo orden en que lo había dejado, pudo respirar hondo y sentir una calma sin fin apoderandose de ella por completo. Se recostó en la camilla, volvió el alma a su cuerpo y conforme, aprobó el coral.
Ya estaba lista para el velorio.
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