Al Tecla lo voy a tener que dejar porque el progreso lo traicionó.
Cuando era chiquitito, le dijeron que era el más bakan, adelantado y a todo motor: sin duda el hardware más sofisticado al que la instrumentalización de la voluntad de poder haya dado origen. Fue así que llegó hasta mi y juntos, nos guardamos una infinidad de secretos en palabras, canciones e imágenes.
Pero resulta que a medida que Teclita crecía, veía cómo los nuevos formatos eran mejores que él, más bonitos, rápidos, con más cosas y, lo que es aun peor, con la posibilidad de instalar muchos softwares con los que él jamás podría siquiera soñar.
Fue así que se me deprimió.
El pobre Tecla ya no quería andar más, se apagaba solo o simplemente no prendía, se le fundió la batería, se quedaba pegado a cada rato y, un día, vomitó la M. Dada la situación tuve que partir corriendo al doctor para que lo sacara de esa enfermedad tan triste que es la depresión. En la consulta, el doctor lo revisó por arriba, abajo, en la izquierda y en la derecha de su ser. Hizo guiños bien feos mientras lo veía. Pero al final me dijo que no me preocupara, que lo que mi Tecla tenía no era otra cosa que vejez, y que como computador que es, debía responder a su destino de olvido y chatarra.
Apenas llegamos a la casa lo tomé en mis manos y con ese líquido que tanto le gusta, lo resfregué por todas partes para que brillara harto y se viera bien bonito, y para que también dejara esa frustración computil de lado. Ya no estaba lento porque aun con todo lo que me dijo ese doctor insensible, lo formatié para tenerlo lo más cachilupi posible antes de su triste final.
Hace un par de días atrás me enojé con él porque en clases me exigen usar el Word 2007 y no pude hacerlo porque al Tecla no le corre, pero después reflexioné y pensé que todo esto del desarrollo tecnológico, de los avances y el progreso, es no más que una alegoría de cuan impersonal y desechable son nuestras vidas y nuestro paso por ella, así que aunque sé que en un momento próximo me veré forzada a dejarlo por otro más nuevo, hicimos las pases, me dejé de alaraquear y nos pusimos a ver videos en youtube.
Cuando era chiquitito, le dijeron que era el más bakan, adelantado y a todo motor: sin duda el hardware más sofisticado al que la instrumentalización de la voluntad de poder haya dado origen. Fue así que llegó hasta mi y juntos, nos guardamos una infinidad de secretos en palabras, canciones e imágenes.
Pero resulta que a medida que Teclita crecía, veía cómo los nuevos formatos eran mejores que él, más bonitos, rápidos, con más cosas y, lo que es aun peor, con la posibilidad de instalar muchos softwares con los que él jamás podría siquiera soñar.
Fue así que se me deprimió.
El pobre Tecla ya no quería andar más, se apagaba solo o simplemente no prendía, se le fundió la batería, se quedaba pegado a cada rato y, un día, vomitó la M. Dada la situación tuve que partir corriendo al doctor para que lo sacara de esa enfermedad tan triste que es la depresión. En la consulta, el doctor lo revisó por arriba, abajo, en la izquierda y en la derecha de su ser. Hizo guiños bien feos mientras lo veía. Pero al final me dijo que no me preocupara, que lo que mi Tecla tenía no era otra cosa que vejez, y que como computador que es, debía responder a su destino de olvido y chatarra.
Apenas llegamos a la casa lo tomé en mis manos y con ese líquido que tanto le gusta, lo resfregué por todas partes para que brillara harto y se viera bien bonito, y para que también dejara esa frustración computil de lado. Ya no estaba lento porque aun con todo lo que me dijo ese doctor insensible, lo formatié para tenerlo lo más cachilupi posible antes de su triste final.
Hace un par de días atrás me enojé con él porque en clases me exigen usar el Word 2007 y no pude hacerlo porque al Tecla no le corre, pero después reflexioné y pensé que todo esto del desarrollo tecnológico, de los avances y el progreso, es no más que una alegoría de cuan impersonal y desechable son nuestras vidas y nuestro paso por ella, así que aunque sé que en un momento próximo me veré forzada a dejarlo por otro más nuevo, hicimos las pases, me dejé de alaraquear y nos pusimos a ver videos en youtube.
2 comentarios:
Lo leí cuando "agua" tenía otro nombre, pero ahora lo disfruto en toda su extensión, pues ahora forma parte de una idea más grande que colma de nueva inocencia la historia del pobre Tecla. ¿Sabes? En algún instante ya muy lejano (en tiempo, distancia, experiencias y sentir) también quise cambiar mi nombre, pero aterricé forzosamente en la idea de no querer cambiar la simpleza de la idea original, que en su inocencia e inmadurez quizás significa más que aquello que impulsa la renovación. Por lo demás, fue esa belleza en tu sentir de la que me enamoré y creo -nada más que fe- que ella es tan parte de ti como tu piel, eres "agua", no hay nada que te defina mejor que ese elemento y sus múltiples existencias, aun cuando lleven a la imposibilidad de su definición y, por lo tanto, de la tuya (eres indefinible, infinta).
Y, si bien la metáfora sirve, lamento la cursilería de cantante mercandilista: tenía sed de ti.
Te adoro.
Alberto Cruz.
Felicitaciones por la campaña, amor. Me sacaste lágrimas y, a la vez, me regalaste con tu simpleza una alegría inmensa...otra más.
Vamos a seguir formando marejadas con mi agua y tu viento.
Te adoro.
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